SIN CABALLO Y EN MONTIEL – Atahualpa Yupanqui


Dicen los
trashumantes que los caminos se han hecho para ir, nunca para volver. Aseguran

que todo retorno
tiene algo de fracaso. Tal vez porque esta reflexión impresionó mi espíritu

hace mucho tiempo, o
quizá porque en mi antigua condición de trotamundos adjudicara a la

sentencia una
jerarquía de suprema verdad, el asunto es que al pisar suelo entrerriano luego

de treinta y tres
años de ausencia, no quise pensar que regresaba, sino que "iba a Entre

Ríos"
nuevamente.

En pleno septiembre,
un viento del Sur traía al litoral su saludo de nieves cordilleranas,

asustando la flor de
los durazneros que trepaban graciosamente las cuchillas entrerrianas

engalanando el
paisaje con promesas dulzonas.

Llovía, como en los
viejos tiempos, como en aquellos inviernos que ablandaban los cascos

de los potros y
endurecían el gesto de los hombres.

Pasaban los paisanos,
jinetes en peludos caballos de anca redonda y el poncho era prenda

inmóvil, que
aprendió con la lluvia a ceñirse en el cuerpo como un abrazo de hombre.

 

Las ciudades
entrerrianas han progresado, sin cambiar su fisonomía de pueblos camperos,

de villas rodeadas
de estancias viejas, de montes extensos todavía, a pesar de las grandes

hachadas.

Los caminos tienden
a mejorarse en trechos, por la cinta asfáltica. Es decir, los caminos que

unen las principales
ciudades. Porque los otros están no más como los vi "endenantes":

tierra, huellones,
barro, zanjas, cañadones, un monte espinudo, un ceibal serio y florido, un

concierto de
pájaros, arroyos grandes y chicos, buenos pastos, un cielo overo negro, que se

torna rosado en la
esquina lejana de la tarde; campesinos en chatas -gringos acriollados ya-,

sulkys, y gente de a
caballo, bota lisa y espuela breve, sombrero ala ancha, barbijo de

tientos; gente
nerviosa y cordial, un poco fantasista y refranera, con una gran condición

argentina y un
profundo amor a su provincia

La leyenda del
viento cruzó por esos montes, vadeó esos ríos, enredó en las espinas de los

talas viejas
historias, sabrosos cuentos, trovas, vidalitas y milongas paisanas.

Las guitarras
travesean en floreos que recuerdan el modo de tocar de los orientales.

Es que son hombres
montaraces los guitarreros. Y el monte determina leyes, pensares y

sentires. El monte
se traduce en el hombre: precavido y capaz. Florido y enredado. Abierto

a la esperanza junto
a la ventana de una moza estimada, y rastreador de puma en la maleza.

Los hombres
guitarreros del presente, en Entre Ríos, quizá no adviertan esto. Alguna vez

será. Y entonces, la
tropilla de coplas que transita por esas cuchillas donde la historia

todavía tiene su
cuerpo caliente, será ejemplo de gauchería y paisanaje, aunque no cite

guerrillas ni
lanzazos, aunque no ostente el latiguillo ya gastado del machismo, aunque no

mente galopes y
atropelladas, ni dagas, ni degüellos.

Sobre cada ceibo hay
una guitarra encendida en la espera. Busca en el aire las manos que

desaten las lianas
que la ciñen, para darse a su dueño, liberada y vibrante.

La guitarra entrerriana
tiene una gran misión: dar el paisaje.

Darlo con un amor
sin demagogia. Las cuatro estaciones del año se acusan en la naturaleza,

definitivamente.
También las vive el hombre, el corazón del hombre. La guitarra es

baquiana en esos
rumbos. Sólo espera que el hombre la comprenda, y se comprenda.

 

 

Pasé de largo por Tala,

detenerme, para qué…

de poco vale un paisano

sin caballo… y en Montiel.

 

Dejé atrás Altamirano,

por Sauce Norte crucé,

barro negro y huellas hondas

como endenantes miré.

 

La sombra de mi caballo

junto al río divisé,

se me arrollaban en l’alma

las leguas que anduve en él.

 

Sin canto pasaba el río,

¿para qué lo iba a tener?

ancho camino de fuga

callado tenía que ser.

 

Así, con mirada moza

de otros tiempos contemplé,

sobre un mangrullo de talas

el palmeral de Montiel.

 

De recuerdos y caminos

un horizonte abarqué,

lejos se fueron mis ojos

como rastreando el ayer.

 

Climaco Acosta ya ha muerto,

Cipriano Vila también,

dos horcones entrerrianos

de una amistad sin revés.

 

En la orilla montielera

tuve un rancho alguna vez,

¿lo habrá voltiao el olvido?

¿será tapera…? 
no sé…

 

Por eso pasé de largo,

detenerme, para qué …

de poco vale un paisano

sin caballo y en Montiel…

 

 

 

 

 

Aquesta entrada ha esta publicada en ATAHUALPA YUPANQUI. Afegeix a les adreces d'interès l'enllaç permanent.

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s