RAMON CONTRERAS – José Larralde



Al
hombre con quién di mis primeros pasos de peón vaya este

recuerdo que si bien
no es un pedazo de bronce es, sin duda,

un pedazo de mi corazón.

Tal vez un
poco duro, pero él sabe porqué.

 

Trabajaba
en la cancha y si había tiempo ayudaba algún tierno de

baldeo.
Era caminador como ninguno y pa ‘boliar
de a cuatro’
, fue

el
primero. Tenía poco p’hablar o
hablaba poco. Le daba al azadón

de
dos agujeros; era de aquellos tiempos que en el oficio se decía

con
orgullo: _ ¡Soy canchero! _ Vivía con su madre en un ranchito

a
unos 300 metros de la vía. Hombre de andar con pocos requisitos

se
arreglaba nomás como podía. A veces
se quedaba en el boliche

un
rato más que el rato que debía. Por el oscuro embrujo del espiche

también
de a ratos sonreía. Trabajamos juntos y aquél día el sol ya se

asomaba
hasta la pera. Yo tranquiaba despacio rumbo al pique y él…

¡tá!  que lo p…, él era más finao que una tapera. Náides supo por qué,

ni
hubo testigos. Estaba de los rieles 
medio afuera… todo fue así,

nomás, y era mi amigo. Se llamaba Ramon…, ¡Ramon
Contreras!

 

Al
hombre con quién di mis primeros pasos de peón vaya este

recuerdo que si bien
no es un pedazo de bronce es, sin duda,

un pedazo de mi corazón.

Tal vez un
poco duro, pero él sabe porqué.

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