EL PERRO – Romildo Risso

  
 
Como el sueño intranquilo y fatigoso, como la noche que se pasa en vela,
como el golpear de un pensamiento en lo hondo, como el arder la brasa de una pena,
todo lo que nos toca un poco fuerte nos pinta en la expresión alguna seña.
Hasta la misma duda, que no es nada, en lo perdido del mirar se muestra.
Se engañarán los hombres con los hombres cuando en silencio la verdad se encierra,
cuando las vistas el encuentro esquivan, cuando el semblante el sentimiento niega.
 
Pero el buen perro…, el buen perro no confunde nunca por más que el hombre su sentir
escuenda, y parece que sabe hasta los sueños que un rastro de sombras en ocasiones deja.
Uno sale alunao y ni lo mira; él no le hace ni fiestas y lo deja pasar como sin verlo,
pero muy fijo desde atrás lo observa y sigue despacito, a la distancia, porqué nos
ha visto arrugas en las cejas o la neblina del mirar confuso que hay en las vistas del
que sufre o piensa, y desde lejos siembre nos mira, nos compriende y no se acerca,
enfrenando sus propias alegrías pa no venirnos a estorbar con ellas, y mientras el
hombre va calmoso, representando que el pensar le pesa, él mantiene sus ímpetus
y marchan como llevando entre los dos la idea.
Cuando la voluntad, como guapeandole el alma, el último chirlo al corazón le pega
y la tristeza se arrincona o huye y al hombre vuelve la expresión serena, el perro
sin miramientos corre, pecha, pasa rozándole las piernas y ladrando, que es riéndose
a su modo, ni caso le hace aunque le griten ¡fuera!. Porque la voz y el ademán se
ablanda le descubren que el hombre no lo echa, y finge peleando y le acomete,
y lo abraza, y le gruñe, y forcejea, y compriende que el hombre también finge cuando
castiga con la mano suelta; y él le muerde y le acaricea, y aquella boca que mordía,
tiembla. Uno vuelve a gritarle y le amenaza, él hace que nos teme y nos cuerpea.
De pronto se nos viene con furia pero ahí, nomás, se nos clava y asujeta. En ademán
de provocar se agacha con las manos abiertas, con la mirada llena de picardía
haciendo amagos un instante queda, como buscando un claro pa d’entrarnos, hasta
que salta y llega. Y representa que le hicieron gracia las señas que deja, y la pelea
sigue hasta que el hombre vencido se le entrega, se deja abrazar sin resistirse
mientras los costillares le palmea. Cuando el perro se larga, en el sosiego con que va,
demuestra ese descanso del que quiere, y logra con mucho esfuerzo, alguna cosa buena.
Después siguen los dos, él se adelanta y se para, y espera. A cada rato nos observa
un poco como temiendo que las sombras vuelvan. Por ahí se aburre el hombre y en
un tronco al descuido se sienta, echa la mano  al tabaco y sin buscarla, con las vistas
del perro se tropieza y el animal, con su miraza fija y buenaza y serena, nos ve sacar
la chupa, las hojillas, liar, encender y guardar la yesca. A las primeras bocanadas de
humo, sobre un muslo nos pone la cabeza y su ademán parece que nos dice:
‘Ya lo sé compañero, no se escuenda’, y nuestra mano se nos va solita y al perro
acaricean y el cigarro, olvidao, se nos apaga y el brazo, quieto, sobre el perro queda.

Aquesta entrada ha esta publicada en ROMILDO RISSO. Afegeix a les adreces d'interès l'enllaç permanent.

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s