DE HABLARLE A LA SOLEDAD – José Larralde

 
 
Tirando a negro la boca de tanto pitar del fuerte
y un pálido de tristeza la piel por detrás de un siete.
Al fin de la carretilla la patilla como un tajo,
remembrando su calibe de taura venido abajo.
 
Siempre sólo se lo vió sin postura ni aspaviento
y en toda cancha copó lo que otro perdió por lento.
Cuando el tinto le llegaba, solía ponerse a cantar
cosas que venían de adentro y que obligan a escuchar.
 
Alguna vez me contaba que, allá en el cuarenta y dos,
supo andar entreverao y empriestándose de amor.
Supo tener un cariño como naides lo cuidó pero,
ahí terminaba el cuento, nunca me lo completó.
 
Otras veces con recelo se arrimaba al mostrador
y entre las mangas del saco pedía ‘un vino…¡por favor!’.
Todo el pago conocía sus mentas de tomador
y en medio de la gritería él jamás alzó la voz.
 
Solían decirle de apodo ‘El Triste’, o ‘El Cabezón’;
uno le nació de sólo, el otro, por la razón.
Yo conocí sus guaridas en medio de un  pajonal,
rancho bajito de adobe y blanco pintao de cal.
 
Tomador de mate amargo y gaucho como el que más,
corazón envejecido de hablarle a la soledad.
Solían decirle de apodo ‘El Triste’, o ‘El Cabezón’;
uno le nació de sólo, el otro, por la razón.
 
Lo demás murió en la historia, pa bien o mal…¡qué sé yo!.
 
 

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