COSAS QUE PASAN – Víctor Abel Giménez

 

Nadie salió a despedirme cuando me fui de la Estancia,
solamente el ‘Ovejero’, un perro… cosas que pasan.
El asunto, una zonzera, un simple cambio de palabras
y el olvido de un mocoso del que puedo ser su tata.
 
Y yo, que no aguanto pulgas a pesar de mi inorancia
ya, nomás, pedí las cuentas sin importarme de nada.
No hubiera pasado esto si el padre no se marchara,
pero los patrones mueren y despues los hijos mandan.
 
Y hasta parece mentira, pero es cosa señalada, que
de una sangre pareja salga la cria cambiada.
Los treinta años al servicio pal mozo no fueron nada,
se olvidó de mil cosas buenas por una que salió mala.
 
Yo me había aquerenciao, nunca conocí otra casa.
¡Que apegao a las costumbres me hallaba en aquella Estancia!.
Si hasta parece mentira, mocoso sin sombra de barba
que de gurisito andaba prendido de mis bombachas.
 
Por él le quité a unos teros dos pichoncitos, ¡malhaya!,
y otra vez, nunca había bajao un nido y por él gatié las ramas.
Cuando ya se hizo muchacho, yo le amansé el ‘Malacara’
y se lo entregué de riendas pa que él sólo lo enfrenara.
 
Tenía un lazo trensao que gané en una domada,
pal santo se lo osequié ya que siempre lo admiraba.
Y la única vez que el patrón me pegó una levantada,
fue por cargarme las culpas que a él le habrían sido caras.
 
¡Zonceras!…cosas del campo, la tranquera mal cerrada
y el terneraje de plantel que se sale de las casas
y eso, pal finao patrón, era cosa delicada.
Y bueno, pa que acordarme de una época pasada,
me dije pa mis adentros, todo eso no vale nada.
 
Sin mirarnos, arreglamos, metí en el cinto la plata;
le estiré, pa despedirme, mi mano pa que apretara
y me la dejó tendida, cosa que yo no esperaba.
Porque ese mozo no sabe si un día, de hacerle falta…
 
Tranqueando me fui hasta el catre, alcé un atao que dejara
y me rumbié pal palenque echandome atrás el ala.
Ensillé, gané el camino, pegué la última mirada al monte,
al galpón, los bretes, el molino, las aguadas…
 
De arriba abrí la tranquera, eché el pañuelo a la espalda;
por costumbre, prendí un negro, talonié mi moro Pampa
y ya me largué al galope, chiflando como si nada.
Nadie salió a despedirme cuando salí de la Estancia,
solamente el ‘Ovejero’, un perro…cosas que pasan.
 
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