LA BAGUALA OLVIDADA – A.Yupanqui

José Larralde. (incluí su retrato porqué me pareció la encarnación del protagonista de esta história).

Cada vez que leo este relato del libro ‘Aires Indios’ de Don Ata, siempre me ha impresionado. No tanto por su bella prosa, toda poesía, describiendo una estampa entrañable de la vida ‘del interior’ argentino, como por el fondo que sabe llegar hasta el alma, por la extrema soledad del hombre que relata magistralmente el autor y en el que probablemente, en algún momento de nuestra vida, nos hayamos podido reconocer.
No obstante, creo yo, la raíz de la historia nos revela que en la persona más humilde puede arder la llama del conocimiento.
 
Yo también me quedé con la copla:
‘Por fuera nada parezca…
 
 
LA BAGUALA OLVIDADA
Atahualpa Yupanqui
He conocido a un hombre. Bajó de los cerros montado en un zaino flaco en cuyos ojos sin fuego se reflejaban la sequía larga, el potrero sin flor, el árbol mudo.
El hombre ostentaba una blusa gastada de trajines. En su barba se habían eternizado las nieves cumbreñas y era tanta la humildad de sus ushutas que se arrastraban sobre la tierra sin eco ni rastro.
Traía unos pesitos para su diversión abajeña.
Cuando sonó una zamba en el patio del boliche, un par de viejas lo esquivaron para no bailar con él. Se quedó mirando a los demás. Sus manos, inquietas, seguían el giro de la danza en un incumplido revuelo de grácia. La música le entraba fuerte, por la ventana más alegre de la tarde. Se quedó como un árbol, sintiendo sobre él la fuerza de un canto y la vibración de unas alas.
Se puso a beber. Y poco a poco, sin moverse, ‘se fue yendo’ de la fiesta.
Todas las soledades convergieron en el prisma ordinario de su vaso.
Cuando la noche se hizo verdad, algo se quebró en el corazón del hombre. Y se puso a cantar, para él; para todo lo que vivia y moría en él…
‘Por fuera nada parezca.
Por dentro, tal vez que sí…’
Callaba un instante, y luego proseguía con su media copla. A veces, sin cantarla, la estaba repitiendo para su solo mundo. ¡Rezaba dentro suyo ese pedazo de baguala!
No tenía más versos. La melodía buscaba el poema y la noche la arrojaba hacia los montes de abajo, para que el misterio de las quebradas crearan las palabras que el hombre había olvidado, o que nunca supo. Y el canto deshilachado, lento, sangrando soledades, buscaba en el espacio el tamboril errante de la luna:
‘Por fuera, nada parezca.
Por dentro, tal vez que sí…’
 
Cuando terminó la fiesta, los caminos se poblaron de trajines, andares y galopes. El romance andaba travieso en las sombras, y más de una estrella se desmayó asustada por el fuerte alarido de un gaucho.
Al hombre le dijeron ‘que se fuera’.
Miró al bolichero como si recién se hubiera despertado; como regresando de un infinito viaje.
Pagó su gasto, y buscó a su zaino. Lo halló, quieto bajo un tala, callado, como el destino.
Cinchó adelante.
Antes de montar se quedó un rato, pensando, y terminando de fumar su chala cuyo fueguito ya se estaba hermanando con la niebla de su barba.
Desde el alero, lo saludé:
‘¡Adiós, amigo!’
Levantó la cabeza, mirando hacia la sombra. Tal vez creyó que un árbol le había hablado. Y contestó con voz lejana:
‘Buena noche, pues señor!’
Se fue.
No sé que rara sensación se apoderó de mí. Algo como un extraño bochorno de mi salud, de mi gran esperanza, de mi confianza en la vida.
Por mis venas gritaba su oscuro grito el río de mi sangre, y hubiera querido convertirme en sombra total de noche joven para envolver el aliento del solitario.
Allá, desde la sombra abajeña, llegan relinchos que el viento sublimaba. La casa ‘de los patrones’ estaba iluminada sobre la loma del sur, y el verano despertaba una magia de tucu-tucus entre los sunchos, la retama y el tuscal.
Yo tambien me fui yendo, camino de mi rancho. Pero no me fui solo. Llevaba en el corazón el regalo de ese hombre. La canción olvidada, la media copla temblaba dentro mío como una verdad profundamente humana. Había conocido a un hombre que andaba por la vida igual que una baguala trunca.
Pero esa media copla, no precisaba más versos. Estaba perfecta así. El hombre se había expresado totalmente.
Cuando mi caballo me pidió rienda, inquieto al reconocer el chacral y el cerco viejo que rodean mi choza de la cumbre, me di cuenta de que yo también estaba cantando bajo las estrellas, ese pedazo de baguala olvidada:
 
‘Por fuera, nada parezca.
Por dentro, tal vez que sí…’
 
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