LA ROSA – Héctor Rosales

La rosa de mi nombre, la que ha sido
niño y joven escalando alboradas; la soga
y la cumbre aciagas de los equilibristas.
La inmarcesible rosa borgeana; la que ocupa
el adiós, un suspiro del invierno, alguna espina.

Aquella que se burla si las fieras buscan oro
en lodazales; la que funda con lluvia espejos
goteadores de rostros sobre tierra umbría.

La rosa intocable de Jiménez, en patios del sur
notoria, cuando la frente admite el tacto medicinal
de los ensueños.

Flor sin hogar fijo en el vaivén de mi linaje; fantasía
de la sangre; rumbo de las hojas hacia el fuego.

La rosa de mi nombre no me nombra, no soy
su asunto encrucijado, nadie que consuele; tan solitaria,
quiere otro vigor para trocar mudez y encender canto.

Nadie, pues, ninguna rosa en este Rosales, extraviado
en jardín donde voz, pensamiento y acción (pétalos
sin más) se debaten ante el viento invulnerable.

Ahora y en la hora de tu reino, mi pobre muerte,
en crudos documentos caducados, en renglones voraces,
detrás de los libros o macetas o pañuelos,
quizás veas una herida que fue mano
alzar nueva rama, un gorrión rojo,
una promesa de verano.

Si la espina ha florecido, quizás me perdone la rosa
por haberla evocado.

 

 

Héctor Rosales nació en Montevideo en 1958, y está radicado en Barcelona desde 1979. Entre otros libros, ha publicado: Visiones y agonías (Barcelona, 1979), Espejos de la noche (Madrid, 1981); Desvuelo (Montevideo-Barcelona, 1984), Habitantes del grito incompleto (Montevideo, 1992) y Mientras la lluvia no borre las huellas (Barcelona, 2002).

Ha colaborado en numerosas revistas de arte y literatura de distintos países y es autor de las antologías Voces en la piedra iluminada / Diez poetas uruguayos (Toledo, 1988), Chapper, las espinas del verso (Montevideo, 2001) y Nadie dude el lucero / Rolando Faget (México, 2009).
Web oficial: http://www.hrosales.com

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GUITARRA NEGRA 02 – (fragmentos) Alfredo Zitarrosa

HAGO FALTA
Hago falta… yo siento que la vida se agita nerviosa si no
comparezco, si no estoy…
Siento que hay un sitio para mí en la fila, que se ve ese
vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo
una espera…
Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero, el
amor del que me aguarda lastimado… falta mi cara en la
gráfica del Pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en
la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos
hollando el polvo… los ojos míos en la contemplación del
mañana… mis manos en la bandera, en el martillo, en la
guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi
cara en la honda preocupación de mis hermanos.

EXHORTACION Y PROPOSITOS
Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra, guitarra
negra… Dice Enrique, mi hermano, que hay cierto perro
hundido que se lame mansamente y nos lame, lamiéndose,
una herida quieta allá al fondo, sentado en su escalón…
Y dice más mi hermano, el otro Enrique, en Praga: dice que
amarte con certeza, hacerte enteramente hembra, darte lo
que de vida tengan mis urgencias, será amar más y más a
Jaime; amarlo, más de veras… por su alma, su propio perro
mordedor bajo el garrote, el cable, el puñetazo, la bolsa de
arpillera, el plantón y el insulto… la olvidada mejilla que no
ponen ni él ni nadie a golpear… sino con hambre y Rita y
José Luis, por Gerardo y Raúl y Rosa y Sara y Mauricio…
y por todos nuestros muertos…
Y he sabido, guitarra, que este otro perro que criaste, ladrador,
campesino, a veces manso o vigilante, que roe su propio hueso
en la penumbra y gruñe… cual casi todo perro popular, vagará
por tus anchas veredas, tus milongas sangrantes… hasta morir
también… tal vez un día… de soledad y rabia… de ternura…
o de algún violento amor; de amor… sin duda.

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HOY DESDE AQUI – a Zitarrosa, de Neruda, Galeano, Oliva, Capagorry, Schinca y Marino.

EL PUEBLO – (Pablo Neruda)
De aquel hombre me acuerdo y no han pasado
sino dos siglos desde que lo vi,
no anduvo ni a caballo ni en carroza:
a puro pie deshizo las distancias
y no llevaba espada ni armadura,
sino redes al hombro,
hacha o martillo o pala,
nunca apaleó a ninguno de su especie:
su hazaña fue contra el agua o la tierra,
contra el trigo para que hubiera pan,
contra el árbol gigante para que diera leña,
contra los muros para abrir las puertas,
contra la arena construyendo muros
y contra el mar para hacerlo parir.
Lo conocí y aún no se me borra.
Cayeron en pedazos las carrozas,
la guerra destruyó puertas y muros,
la ciudad fue un puñado de cenizas,
se hicieron polvo todos los vestidos,
y él para mí subsiste,
sobrevive en la arena,
cuando antes parecía
todo imborrable menos él.
En el ir y venir de las familias
a veces fue mi padre o mi pariente
o apenas si era él o si no era
tal vez aquél que no volvió a su casa
porque el agua o la tierra lo tragaron
o lo mató una máquina o un árbol
o fue aquel enlutado carpintero
que iba detrás del ataúd, sin lágrimas,
alguien en fin que no tenía nombre,
que se llamaba metal o madera,
y a quien miraron otros desde arriba
sin ver la hormiga sino el hormiguero
y que cuando sus pies no se movían,
porque el pobre cansado había muerto,
no vieron nunca que no lo veían:
había ya otros pies en donde estuvo.
Los otros pies eran él mismo,
también las otras manos,
el hombre sucedía:
cuando ya parecía transcurrido
era el mismo de nuevo,
allí estaba otra vez cavando tierra,
cortando tela, pero sin camisa,
allí estaba y no estaba, como entonces,
se había ido y estaba de nuevo,
y como nunca tuvo cementerio,
ni tumba, ni su nombre fue grabado
sobre la piedra que él cortó sudando,
nunca sabía nadie que llegaba
y nadie supo cuando se moría,
así es que sólo cuando el pobre pudo
resucitó otra vez sin ser notado.
Era el hombre sin duda, sin herencia,
sin vaca, sin bandera,
y no se distinguía entre los otros,
los otros que eran él,
desde arriba era gris como el subsuelo,
como el cuero era pardo,
era amarillo cosechando trigo,
era negro debajo de la mina,
era color de piedra en el castillo,
en el barco pesquero era color de atún
y color de caballo en la pradera:
cómo podía nadie distinguirlo
si era el inseparable, el elemento,
tierra, carbón o mar vestido de hombre?
Donde vivió crecía
cuanto el hombre tocaba:
la piedra hostil
quebrada
por sus manos,
se convertía en orden
y una a una formaron
la recta claridad del edificio,
hizo el pan con sus manos,
movilizó los trenes,
se poblaron de pueblos las distancias,
otros hombres crecieron,
llegaron las abejas,
y porque el hombre crea y multiplica
la primavera caminó al mercado
entre panaderías y palomas.
El padre de los panes fue olvidado,
él que cortó y anduvo, machacando
y abriendo surcos, acarreando arena,
cuando todo existió ya no existía,
él daba su existencia, eso era todo.
Salió a otra parte a trabajar, y luego
se fue a morir rodando
como piedra del río:
aguas abajo lo llevó la muerte.
Yo, que lo conocí, lo vi bajando
hasta no ser sino lo que dejaba:
calles que apenas pudo conocer,
casas que nunca y nunca habitaría.
Y vuelvo a verlo, y cada día espero.
Lo veo en su ataúd y resurrecto .
Lo distingo entre todos
los que son sus iguales
y me parece que no puede ser,
que así no vamos a ninguna parte,
que suceder así no tiene gloria.

COMENTARIO – (Eduardo Galeano)
Aplicaron un plan de exterminio: arrasar la hierba,
arrancar de raíz hasta la última plantita todavía viva,
regar la tierra con sal. Después, matar la memoria
de la hierba. Estaba prohibido recordar. Se formaban
cuadrillas de presos. Por las noches los obligaban a
tapar con pintura blanca las frases de protesta que
en otros tiempos cubrían los muros de la ciudad.
Pero la lluvia, de tanto golpear los muros, iba
disolviendo la pintura blanca y reaparecían,
poquito a poco, las porfiadas palabras.

APOYA TU MANO – (Ángel Oliva)
Apoya tu mano derecha en mi cabeza y con tu
brazo izquierdo aprieta mi cintura. Pon tus labios
en el umbral de mi boca, y acompáñame.
Es noche y allí están, sembrando, durmiendo
debajo de los tornos, apretados junto al horno
frío, compartiendo el tabaco y la foto del hijo.
Pan y rosas para los hombres del mundo, para
los que siembran el trigo y levantan la flor.
No te vayas, conversa con las rosas, y sabrás
qué fuerza tienen las palabras con sudor, y
verás músculo a músculo, sostener gajo a gajo
los gajos de la tierra.
Aquí están los obreros, ocupando y cantando,
y volviendo a ocupar. Ocupando y cantando.
Cantando a la luz en que se teje sangre recién
caída, sangre recién caída y caliente por venir.
Pan y rosas para los hombres del mundo, para
los amantes de la paz, para los iniciadores de
la máquina y la producción maquinista, para
los vestidores de los sitios por donde el hombre
pasa, para los que siembran el trigo y levantan
la flor.
Hoy cuando desperté, miré las paredes despintadas
de mi cuarto y solté una carcajada, un beso y un pan.
15 de marzo de 1985. La luz resbala por nuestros
hombros, y los ojos se abren sin fierros ni fusiles.
Somos nosotros, los del dolido traje gris y los versos
clandestinos, los que sabemos seguro que entre
espuelas, martillos y esperanza, dulce y amarga
patria nos espera.

COMENTARIO – (Eduardo Galeano)
Amigos de hace treinta años, de cuando yo estrené
los pantalones largos en las manifestaciones callejeras,
me estaban esperando en Montevideo. Hacía once años
que no los veía, casi doce, y desde entonces había
llovido mucha ceniza sobre el Uruguay. La tortura se
abía convertido en costumbre, la solidaridad en delito
y la delación en virtud. La mentira y la desconfianza se
habían hecho necesidades cotidianas, y el miedo y el
silencio, modos de vida. Pero no bien los vi supe que
esos viejos amigos habían sabido guardar el fuego bajo
la helada, seguían siendo capaces de indignación y de
asombro y de chiquilín entusiasmo, y ahora tenían
todas las edades a la vez.

Y ESTAMOS – (Juan Capagorry)
Y estamos… como saliendo de un pozo. Desde una noche
atroz, interminable, donde corrían desbocados caballos,
pisoteaban sueños, recuerdos y guitarras. Nos resultaba
procaz, prohibido, amarlo desde adentro, porque adentro
teníamos la llaga punzante del dolor. Dolor por los tantos
y tantos compañeros, y en las manos se nos secaban las
caricias, lentas y con llanto para las cabecitas de los niños.
Y pensábamos en otras manos, otras manos que pegaban,
torturaban, y afuera la noche: atroz, interminable, y en ella,
ellos buscando y buscando compañeros. Y bajo otros cielos,
ojos de este cielo nuestro revisando otros cielos,
preguntando a otros cielos, y nosotros deshaciendo todos
nuestros recuerdos. Y nosotros esperando cartas, que no
llegaban. Y afuera seguía la noche: atroz, interminable.

COMENTARIO – (Eduardo Galeano)
Requiere más coraje la alegría que la pena.
A la pena, al fin y al cabo, estamos acostumbrados.

EXHORTACION A LOS JOVENES – (Milton Schinca)
Me dijeron que enrollaste la bandera del Frente,
no como quien la guarda hasta el próximo acto,
sino casi como quien está arriando una bandera.
Estás decepcionado porque el Frente no sacó todos
los votos que tú hubieras querido. Un día sentiste
el orgullo de estar con el Frente, de ese Frente
que ponía cada día a los presos, los desterrados
y los muertos, y en la calle y con el Frente viviste
los grandes momentos con que paso a paso se le
fue ganando la pulseada al régimen, hasta llegar
por fin a su derrota final. Ahora pensá en tu
adolescencia, en lo que caminaste por dentro de ti
mismo, en lo que caminó el país junto contigo.
¡Cuidado!, porque estás en un filo difícil en que la
palabra decepción, con sólo cambiarle un sonido,
se te puede convertir en deserción. Que no te ocurra
eso. Enrollá esa bandera pero despacito, pensando
en todo lo que contiene, para vos mismo, para la
gente que más te importa, para tu país. Ahora sí,
guardala. Pero guardala como para sacarla en todos
los momentos de los años que vienen, que el gesto
de guardarla no se parezca ni por asomo al gesto de
quien estuviera arriando semejante bandera.

COMENTARIO – (Eduardo Galeano)
Los muchachos se asoman a un país arrasado,
donde encontrar trabajo resulta una hazaña
y sobrevivir, un milagro; pero no asisten
de brazos cruzados a la desgracia nacional.
El sistema quiso castrar a los jóvenes uruguayos
y ellos son los más fecundos. Quiso callarlos,
y son los más decidores. Fracasaron quienes
prohibieron el agua porque no pudieron, porque
nadie puede, prohibir la sed.

HOY TE PUEDO DECIR – (Nancy Marino)
Hoy te puedo decir que no confíes
en el amor hambriento ni en la suerte,
si estar vivo es viajar hacia la muerte
la vida es una viuda que sonríe.
Cuando te toque hablar hazlo de modo
que el que escucha comprenda lo que sientes,
cuando debas obrar, que sepan todos
que el fruto de tus obras es simiente.
No te aconsejo el odio, pero escucha,
tú que en viaje de ida me recibes,
odia profundamente a aquél que vive
luchando a muerte por odiar la dicha.
El júbilo de ser un día cualquiera
parte del todo, en uno resumido,
es el júbilo pájaro, del nido
saltando al árbol de la primavera.
Pero esas alas tuyas ya nacidas,
querrán volar más lejos de este suelo,
nunca olvides, volando, que la vida
te dio esas alas para alzar el vuelo.

El PUEBLO (Continuación) – (Pablo Neruda)
Yo creo que en el trono debe estar
este hombre, bien calzado y coronado.
Creo que los que hicieron tantas cosas
deben ser dueños de todas las cosas.
Y los que hacen el pan deben comer!
Y deben tener luz los de la mina!
Basta ya de encadenados grises!
Basta de pálidos desaparecidos!
Ni un hombre más que pase sin que reine.
Ni una sola mujer sin su diadema.
Para todas las manos guantes de oro.
Frutas de sol a todos los oscuros!
Yo conocí aquel hombre y cuando pude,
cuando ya tuve ojos en la cara,
cuando ya tuve voz en la boca
lo busqué entre las tumbas, y le dije
apretándole un brazo que aún no era polvo:

“Todos se irán, tú quedarás viviente.
Tú encendiste la vida.
Tú hiciste lo que es tuyo”.

Por eso nadie se moleste cuando
parece que estoy solo y no estoy solo,
no estoy con nadie y hablo para todos:
Alguien me está escuchando y no lo saben,
pero aquéllos que canto y que lo saben
siguen naciendo y llenarán el mundo.

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LOS PUEBLOS – Atahualpa Yupanqui

“Los pueblos, los hombres se enfrían
por ausencia de espíritu.
Pero estamos nosotros, con pedernal y yesca
con melodías y cantares, poemas y reflexiones,
alto desvelo, sueños de todo tipo,
para entibiar las horas de aquellos que no quieren
congelarse todavía”

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EL CANTOR – Osvaldo Butorovich

«El canto me sale, como aprendido, desde el nacer peleando contra el olvido»

Alfredo Zitarrosa fue El Cantor, por el mandato de su voz, extraordinaria, conmovedora e irrepetible; pero también fue un ser excepcional, profundamente humano –y humanista-, un hombre bueno y tierno, ingenuo y solidario, generoso y sensible, contradictorio en sus facetas oscuras, que -tras una apariencia circunspecta y severa- era un tozudo optimista que le cantó al amor bajo todas sus formas: El amor de pareja, el amor a los desposeídos, a sus semejantes; el amor a la vida, en suma,
a la que celebró y en la que siempre tuvo la certeza de que hacía falta, como persona que era. Fue capaz de cantar su amor por un pájaro o por una mariposa, y hasta por una planta, y supo, como expresara Juan Carlos Onetti, llegar al público y hacerlo sentir. Fue un defensor acérrimo de sus convicciones, que partían de la base de que toda persona, por el sólo hecho de nacer, tiene derecho a una existencia digna. Asumió un compromiso ineludible con su tiempo, su clase y su pertenencia social, a través de sus ideas, llevadas a la acción política como militante activo y sostenido en el tiempo, con una congruencia entre la proclama y los hechos, que es muy difícil de encontrar en figuras de raigambre popular.
Su talento como creador le permitió llegar instancias de inspiración tales que dieron como resultado canciones plenas de valores poéticos y musicales, con una rara correspondencia entre texto y melodía, cargadas de belleza, que reconfortan y agradan al espíritu de quien las escucha, sirviéndole de consolación.
Cantó como todos quisiéramos cantar. Y lo hizo de una manera definida e inconfundible, creando un estilo, lo que lo transformó en el símbolo, no sólo de su país sino de toda una región, la América Morena como solía llamarla, y, como consecuencia de ello, se constituyó en una figura de trascendencia universal.
Recibido con una imponente manifestación popular al regreso de su forzado exilio; desaparecido prematuramente a la edad de 52 años; transformado en referente insustituible para sus contemporáneos y las generaciones venideras de músicos y otros artistas populares; respetado por todas las corrientes de opinión; venerado por quienes lo acompañaron en su labor artística y por los que siguen su legado; constituido en uno de
los más altos exponentes del patrimonio musical y cultural de su tierra; su canto, su ejemplo de vida, su actitud militante irrenunciable, perduran en el tiempo y proyectan una luz cada vez más intensa y abarcadora.

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Y VOS NO PODÉS MORIRTE, FLACO – Carlos Molina

Lo conocí al flaco Alfredo
hace más de treinta años,
en el Ateneo del Cerro,
que era un centro libertario,
con los hermanos Mechoso,
con los Gatti y otros tantos
y la sombra de Florencio,
bronce de color anárquico.

Ya leía cuando entonces
los textos de Basso Maglio,
opinante e incisivo,
verbo libre, antidogmático.
Si bifurcamos caminos
tampoco nos separamos,
vamos juntos la esperanza,
la huella del pueblo andando.

Ah, la muerte de ojos huecos
afilaba sus zarpazos,
pero no podrá llegar
pues seguirás rebrotando
junto a la América hambrienta,
con nuestros indios descalzos
y con tambores frenéticos
de negros discriminados.

Por innumerables niños,
legiones, siempre avanzando
como esfinges de ultratumba
que llegan a interrogarnos.
Son los blancos, son los negros
y es el bronce milenario,
y un aluvión de tormenta
de mulatos y de zambos.

Y volvés con todos ellos,
porque todos nos juntamos,
pan universal del pobre
que fermenta desde abajo.
Con Artigas, con Sandino
y el Che la aurora apurando
y un horizonte sangriento
en la cabeza del Chacho.

Con San Martín, con Bolívar
y el gran Moreno de Mayo
como faro, como brújula,
como tromba del oceano.
Y es la montaña, es la selva
con su sinfonía de pájaros
y es el Paraguay que crispa
los puños del Pilcomayo.

Vuelve Solano López
herido, soberbio, trágico,
contra la Triple Alianza
que es irredimible escarnio.
Y es la estirpe escarnecida
de los indios, de los gauchos,
de los patriotas sin patria,
sin tierra, sin pan, sin rancho.

Por eso estaremos juntos
y no podrán separarnos.
Juntos, borrando los dioses
y suprimiendo los amos,
contra la ignominia rubia
que siempre quiso humillarnos.
Proxenetas de los pueblos,
los yanquis y los británicos.

Y es hoy, justamente hoy,
que más podés ayudarnos
a sentar en el banquillo
los asesinos fanáticos,
los crueles torturadores,
los violadores, los sádicos,
los que robaron los niños
que aún los andamos buscando.

Y vos no podés morirte,
no podés morirte, flaco.
Aquí hay mucho por hacer,
y recién está empezando.

 

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GUITARRA NEGRA – Alfredo Zitarrosa

INTRODUCCION
Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra… Cómo haré para que sientas mi torpe amor, mis ganas de sonarte entera y mía… Cómo se toca tu carne de aire, tu oloroso tacto, tu corazón sin hambre, tu silencio en el puente, tu cuerda quinta, tu bordón macho y oscuro, tus parientes cantores, tus tres almas, conversadoras como niñas… Cómo se puede amarte sin dolor, sin apuro, sin testigos, sin manos que te ofendan… Cómo traspasarte mis hombres y mujeres bien queridos, guitarra; mis amores ajenos, mi certeza de amarte como pocos… Cómo entregarte todos esos nombres y esa sangre, sin inundar tu corazón de sombras, de temblores y muerte, de ceniza, de soledad y rabia, de silencio, de lágrimas idiotas…

ALLANAMIENTO
Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa… Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí, cómo escribía cuando había verduleros que venían de las quintas, cuando tenía dos novias, un lindo jopo, dos pares de zapatos, cuando no había televisión, ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, esa novela canallesca escrita por un loco… Hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera, las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados, tallados en el alma… Hoy anduvo la muerte revisando mi abono del tranvía, mis amigos, sus nombres, las noches del Café Montevideo, las encomiendas por la Onda con olor a estofado, revisando a mi padre, su Berreta, su Baldomir, revisando a mi madre, su hemiplejia, al Uruguay batllista, a Arístides querido, a mis anarcos queridos bajo bandera, bajo mortaja, bajo vinos y versos interminables… Hoy anduvo la muerte revisando los ruidos del teléfono, distintos bajo los
dedos índices, las fotos, el termómetro, los muertos y los vivos, los pálidos fantasmas que me habitan, sus pies y manos múltiples, sus ojos y sus dientes, bajo sospecha de subversión… Y no halló nada… No pudo hallar a Batlle, ni a mi padre, ni a mi madre, ni a Marx, ni a Arístides, ni a Lenin, ni al Príncipe Kropotkin, ni al Uruguay ni a nadie… ni a los muertos Fernández más recientes… A mí tampoco me encontró… Yo había tomado un ómnibus al Cerro e iba sentado al lado de la vida… Pasé frente al Nocturno y la vida había pintado unos carteles… Pregunté en una esquina por la hora, y en la bolsa del hombre que me dijo la hora iba la vida, junto con su almuerzo… Hoy dejaré las puertas y las ventanas de mi casa abiertas… y la noche entrará por todas las ventanas de mi casa, por todas las
ventanas de todo el barrio, por todas las ventanas de todos los cuarteles y de todas las cárceles, por todas las ventanas de los hospitales… la noche entrará, cabeceando, saltará para adentro, sombra a sombra a la luz del farol… y se echará en el piso como un perro… y aguardará hasta la madrugada… Hoy… dejaré las puertas y las ventanas de mi casa, abiertas, para siempre…

LA CASA
… Mi corazón está mejor sitiado que mi casa… mi casa, más cercada que mi barrio… mi barrio, cercado por mi Pueblo… En mi barrio vive el Presidente, cercado por un muro casi derrumbado…

URUGUAY FOR EXPORT
Temblando, con el frontal partido por el marrón, por el marronero, cae sobre sus costillas, pesada como un mundo, la res… Cae con estrépito, de bruces sobre el cemento… balando al descuajarse su osamenta, ya sólo un pobre costillar enorme, ya sólo un pobre cuero y sangre, media tonelada de huesos astillados, hincados en toda esa vida temblorosa y atónita… Ahí se va alzando, como un pesado pingajo, atrapada por la pata por un gancho que le salta arriba, que la alza por un ojal abierto en el garrón de un cuchillazo en plena estupidez sentimental, en plena media tonelada de monstruoso dolor, incomprensible, absurdo, balando, plañidera y tonta, como un escarabajo que no piensa, mientras medita lentamente por qué duele tanto y por qué duele qué parte de quién que es ella misma, la res, abierta al descuartizamiento atroz por todas partes, que nunca habían dolido y que eran tantas partes, tan extensas… y que pastando nunca habían dolido… haciendo leche, esperma, músculos, crin y cuero y cornamenta viva, que eran la vida misma manando hacia sus adentros, vibrando tiernamente como un sol cálido hacia sus adentros… y nunca habían
dolido… Ya está colgada… Las patas delanteras se enderezan, se endurecen y avanzan hacia adelante y hacia arriba, implorantes y fatalmente rígidas, rematadas en cortas pezuñas que hace un instante amasaban el barro del corral, el estiércol de otros cien balidos, dinosaurios del siglo de las máquinas, nacidos para morir de un marronazo… Ahora ya es carne azul colgada en la heladera: “Uruguay for export”… Aquella res, que murió de un marronazo, cayó y tembló todo el frigorífico… Aquella otra res que recibió el marronazo en plena frente, de dos dedos de espesor, mientras entraba al tubo desconfiando porque allí

no había pasto, alcanzó a comprender que había otra res delante, balando, que ya se la llevaba el gancho… y cayó detrás, también, y el cemento tembló bajo esos huesos… Aquella otra res, que esquivó el marronazo y que cayó también, con un ojo reventado y una guampa partida, deshecha, también cayó y tembló la tierra, tembló el marrón, tembló el marronero; la res, murió temblando de dolor y de miedo… de un marronazo en plena frente “for export” del Uruguay…

FOR SHOW (POR VALS)
En la punta del agua… una flor blanca, luminosa, de quince dólares, se hace chispa, se abulta, se diluye, chorrea entre otras flores más pequeñas, llora, se agita, la catapulta el chorro de agua y sube como bola en el aire… Está naciendo siempre, mientras el agua canta en esa fuente de la boîte… Entre aplausitos, al compás de la orquesta, blanda flor blanca, acuosa, nostalgiosa en el aire… subida en los aplausos como espitada, hendida, empitonada… gime y llora en la noche, tira estrellas bailando bajo el humo, renace, llora por el chorro azul-blanco de la fuente como si fuera planta que la cría -y que no es-… y sin embargo, así seguirá abriéndose, muriendo, hinchándose y flotando, mientras duren la noche, su belleza infantil de ingeniería, su blando corazón bajo el foquillo fijo y lechoso… el gringo, el chorro de agua a precio, el aire de importación, esas hembras, el mozo, esos señores…

MIS ALAS
… Hace un buen rato ya que doy trabajo y vengo acostumbrándome al desuso de mi alma, a la razón del enemigo, a mis sesenta cigarrillos diarios, a las malas costumbres de mis canciones, que de algún modo siempre fueron nuestras, vos lo sabés, Guitarra Negra… Hoy reanudo en un cómico enderezo la hora de ayer parada en su nostalgia… Me hacen sufrir las alas que me puse para volar, mas grito y se alzan, gimo y me acompañan, río y baten de a dos, como que están amándose y se odian sin embargo mis dos alas… se odian, se enderezan, se hacen amigas mías para llevarme por todas partes: allá está la canción, aquí
la nada… más allá el Pueblo y más acá el Amor… Pero el Pueblo está también más acá… y antes estaba allá también, detrás del Pueblo el Pueblo… Hemos viajado por todos mis caprichos y el Pueblo osando (sic) el piso, amándose con alas como las mías… odiando su destino, odiándome y amándome sin alas, con millones de pies, con manos y cabezas y lenguas… y sus mil bocas dicen: “ahora, la suerte ya está echada…”

LA MARIPOSA
La mariposa viene hacia mí en la calle, en el aire húmedo, por el aire húmedo bailando, por el aire agobiante, ominoso, bailando en el aire caliente… y yo vi que no era a mí a quien buscaba sino a la muerte… y que no buscaba la muerte también vi, porque no era mariposa de la ciudad de hierro, ni nacida para eso… sino que era mariposa nada más, en la ciudad, presa y ya muerta de antemano, fatalmente… buscando en ese bailar loco y frágil un ala, un grano, una pizca de polen en el cemento… Porque la mariposa nace y no aprende nada hasta que muere en cualquier sitio, herida de muerte por su semana justa, por su tiempo preciso, por su sorbito de vida ya bebida… Eso no es tan triste… triste es ver su cadena de huevos en el hollín, depositados junto a un río de aceite, a la sombra de las altas paredes de cemento… Su cadena de huevos de seda…

HAGO FALTA
Hago falta… yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy… Siento que hay un sitio para mí en la fila, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una espera… Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero, el amor del que me aguarda lastimado… falta mi cara en la gráfica del Pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo… los ojos míos en la contemplación del mañana… mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos.

EXHORTACION Y PROPOSITOS
Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra, guitarra negra… Dice Enrique, mi hermano, que hay cierto perro hundido que se lame mansamente y nos lame, lamiéndose, una herida quieta allá al fondo, sentado en su escalón… Y dice más mi hermano el otro Enrique, en Praga: dice que amarte con certeza, hacerte enteramente hembra, darte lo que de vida tengan mis urgencias, será amar más y más a Jaime; amarlo, más de veras… por su alma, su propio perro mordedor bajo el garrote, el cable, el puñetazo, la bolsa de arpillera, el plantón y el insulto… la olvidada mejilla que no ponen ni él ni nadie a golpear… sino con hambre y Rita y José Luis, por Gerardo y Raúl y Rosa y Sara y Mauricio… y por todos nuestros muertos… Y he sabido, guitarra, que este otro perro que criaste, ladrador, campesino, a veces manso o vigilante, que roe su propio hueso en la penumbra y gruñe… cual casi todo perro popular, vagará por tus anchas veredas, tus milongas sangrantes… hasta morir también… tal vez un día… de soledad y rabia… de ternura… o de algún violento amor; de amor… sin duda.

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